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La fiesta terminó. Los analistas internacionales están comentando que la guerra en Ucrania significa que terminará la globalización.

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Es probable que la mayoría de la gente no tenga idea de quién es Larry Fink, pero en el campo de las finanzas internacionales, este ejecutivo de 69 años es un verdadero referente. Aparte de manejar BlackRock, la firma de gestión de activos más grande del mundo, con inversiones cercanas a los diez billones de dólares –más de 30 veces lo que produce Colombia en un año–, sus intervenciones son seguidas con especial atención.
 
Por tal motivo, no pasó desapercibido el texto de la carta anual que les envió a sus accionistas el jueves pasado. En la extensa misiva, el ejecutivo trató temas que abarcaron desde la pandemia hasta las tasas de interés, pasando por la transición energética.
 
Sin embargo, la frase que acaparó titulares fue especialmente una. “La invasión de Rusia a Ucrania le ha puesto final a la globalización que hemos experimentado a lo largo de las pasadas tres décadas”, sostuvo.
 
El término hace relación al proceso de interacción e integración entre personas, empresas y gobiernos de las más diferentes latitudes. Sin duda la revolución en las telecomunicaciones y la masificación de internet contribuyeron a hacer del planeta una gran aldea en la cual pareciera que las distancias desaparecieron.
 
Pero realmente lo que le dio expresión tangible a esa realidad fue el intercambio de bienes, servicios, personas y capitales. De la mano del comercio, el turismo y los flujos de inversión, para miles de millones de individuos las cosas cambiaron sustancialmente al tener acceso a nuevas oportunidades, productos y conocimientos, casi de manera ilimitada.
 
 
Si bien lo sucedido vino acompañado de críticas asociadas a las disparidades entre naciones por cuenta del poderío de unos y la debilidad de otros, las estadísticas confirman que desde finales del siglo pasado la humanidad experimentó el proceso de desarrollo más rápido de su historia.
 
 
Para solo citar un dato, el Banco Mundial sostiene que a partir de 2016 la proporción de habitantes de la Tierra en condición de pobreza extrema cayó a menos de 10 por ciento, una cuarta parte del registro de 1984.
 
Marcha atrás
 
Ahora, sin duda, las perspectivas son distintas. Aparte de que antes eran notorias las tensiones que ponían en riesgo el esquema, como remplazar mano de obra cara en el hemisferio norte con trabajadores de bajo costo en el sur, estas se hicieron más evidentes con la llegada de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos, con su eslogan de ‘América primero’.
 
La adopción de medidas proteccionistas y su antagonismo con China dejaron en claro que la partitura era diferente. En lugar del multilateralismo y la cooperación que tantos pregonaron a comienzos del milenio, comenzaron a ganar terreno las posturas individualistas.
 
Dos eventos inesperados enredaron más la madeja. “No hay duda de que la aparición del covid-19 impulsó el aislamiento, por razones de fuerza mayor”, explica el profesor de la Universidad de Princeton Harold James.
 
Autor de varios libros sobre globalización y considerado uno de los mayores conocedores sobre el asunto, el experto agrega que la falta de acceso a suministros médicos y sanitarios en aquellos sitios donde no se fabrican mostró el riesgo de depender de terceros. “El concepto de soberanía evolucionó ante la emergencia”, dice.
 
Como si eso no fuera suficiente, el académico de origen británico anota que “la expectativa era que el regreso paulatino a la normalidad cuando comenzaron a bajar los contagios permitiría retomar la senda, pero eso claramente no será posible debido a la guerra en Europa Oriental, que nos lleva a un escenario muy distinto”. Por eso subraya que “lo ocurrido aceleró un desgaste que ya venía”.
 
Que un giro sustancial se está dando es una afirmación imposible de negar. El viaje de Joe Biden al otro lado del Atlántico en días recientes confirmó que el Viejo Continente quiere dejar de depender de Moscú, comenzando con los suministros de petróleo y gas que recibe.
 
 
 
Incluso bajo el supuesto extremo de que Vladimir Putin retire sus tropas y busque enmendar la plana, la partida está jugada. A la vuelta de unos años, los nexos que se rompieron difícilmente se habrán restablecido. De las más de 300 multinacionales que cerraron sus puertas en Rusia como reacción a lo hecho por el Kremlin es factible que la mayoría no vuelva aun si retorna la paz, pues la confianza se rompió.
 
Borrar de la lista a la economía número 11 del mundo parece imposible, pero basta devolverse a la época de la Unión Soviética para darse cuenta de que puede hacerse. Obviamente, nada pasará de la noche a la mañana y otros podrán sustituir el espacio que europeos y norteamericanos abandonen, como sucede con India, pronto el país más populoso del planeta.
 
No obstante, lo que viene podría asimilarse a la era de la Guerra Fría, que caracterizó el periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial. Aunque la lucha ya no será entre capitalismo y comunismo, la conformación de bloques no necesariamente será definida por la geografía.
 
De tal manera, se activarían varios grupos de países, inicialmente comandados por Washington y Pekín. En la medida en que evolucionen los acontecimientos pueden surgir otros polos que se comportan como aquellos clubes que privilegian a sus miembros y discriminan a los demás.
 
El nuevo mundo
 
Creer que todo seguirá igual y que lo de ahora es pasajero resulta ingenuo, por decir lo menos. En un artículo que acaba de ser publicado en la revista Foreign Affairs, el analista Adam Posen sostiene que “las consecuencias económicas para el mundo serán inmensas, con lo cual los encargados de hacer las políticas necesitan identificar esos efectos y evitarlos tanto como sea posible”.
 
Seguir el consejo obliga a entender que no va a venir un rompimiento súbito, a menos que venga una confrontación como la que comenzó hace un mes. Lo previsible es una desconexión paulatina que será más o menos notoria, dependiendo de las circunstancias específicas de un gran número de sectores.
 
 
Algo de ese estilo ya se está viendo en el campo de la tecnología. El acceso de las firmas chinas a los avances alcanzados en Occidente se encuentra restringido y viceversa. Componentes que son clave no solo para desarrollar armas, sino para las mejoras de electrodomésticos o automóviles, les llegarán a unos, pero no a otros.
 
En respuesta, hay un movimiento discreto pero evidente en favor de la autosuficiencia de ciertos insumos por parte de las grandes potencias. Hace poco, los europeos anunciaron que harán sus propias baterías para los vehículos eléctricos y así evitarse problemas a la hora de traerlos de Asia.
 
Ante la bifurcación de caminos, no suena para nada descabellado que existan estándares distintos, como pasó en algún momento con los televisores o los teléfonos celulares. El lío es que las distancias pueden llegar a ser irreconciliables y en más de un caso será necesario escoger partido.
 
Si el planeta pasa gradualmente de estar interconectado a estar desconectado, el resultado previsible es un crecimiento más bajo y una menor capacidad de innovación. El argumento de que cada país dependa menos de los demás sin duda es popular en muchos sitios, pero en general encarecerá los bienes que adquieren los consumidores, al dar lugar a prácticas proteccionistas.
 
En respuesta, no falta quien señale que los beneficios que en su momento dejaron las cadenas globales de valor son cosa del pasado. Los enormes cuellos de botella experimentados en el transporte marítimo en meses recientes mostraron que de poco sirve contar con un proveedor eficiente a miles de kilómetros de distancia si no puede despachar a tiempo.
 
De hecho, de unos años para acá ya se venía observando la tendencia de relocalizar fábricas cerca de los grandes centros de consumo. En el hemisferio americano, México apunta a ser el gran ganador de esa transición, pues cuenta con acceso privilegiado al mercado norteamericano y sus costos laborales son menores.
 
Mucho más complejo que en la industria es el acertijo en lo que se refiere a los alimentos. Hay condiciones naturales que explican por qué Rusia y Ucrania son tan importantes en el mercado internacional de cereales o por qué Brasil y Argentina se describen como despensas del mundo.
 
Incluso si soplan los vientos del aislamiento en el planeta, seguirá siendo lógico que aquellos que son excedentarios en este renglón les vendan a los que son deficitarios. De lo contrario, acceder a artículos de primera necesidad se volverá más difícil, algo que llevaría a un retroceso significativo en los niveles de pobreza.
 
Por aquí no escampa
 
El campanazo de alerta suena con mucho mayor volumen en la mayoría de las naciones en desarrollo. Para comenzar, tan solo un puñado cuenta con la población suficiente para que un buen número de sectores productivos logre economías de escala que medianamente funcionen.
 
Como si lo anterior fuera poco, numerosos análisis muestran que tanto el autoritarismo como la corrupción aparecen con más frecuencia en aquellos países relativamente cerrados. El peligro de un círculo vicioso es real, sobre todo si se acaba imponiendo el mensaje del sálvese quien pueda.
 
Tal como pasó en el Titanic, en el cual la proporción de víctimas fatales de primera clase fue 38 por ciento y la de tercera clase alcanzó el 75 por ciento, el fin de la globalización les haría más daño a los pobres que a los ricos. Ese es el motivo por el cual vale la pena buscar salvavidas para que logre sobreaguar.
 
Adam Posen sostiene que lo que es necesario ahora es más apertura entre los que pertenecen al club de las democracias. El hecho de que la Unión Europea se ve mucho más fuerte ahora que hace unos meses atrás, a pesar de la amenaza rusa y los dolores de cabeza que experimente en el frente de la energía, es una buena señal en el sentido de que la cohesión sirve.
 
Bajo tal perspectiva lo que viene ahora es una especie de regionalización, indispensable en el caso de los más vulnerables. El llamado también es válido en América Latina, que sobre el papel cuenta con recursos, área y población suficiente para construir un bloque poderoso.
 
Lamentablemente, las divisiones en la región son la norma. El sueño de la integración que aparece con frecuencia en los discursos de los presidentes es todavía una quimera que se estrella con realidades aparentemente insalvables, ahondada por la división entre las diferentes capitales.
 
Aun así, vale la pena seguir persistiendo. Sin desconocer que el entusiasmo que en su momento generó la Alianza del Pacífico ya no existe o que la Comunidad Andina sirve para poco, la llegada de un nuevo mandatario a la Casa de Nariño abre la posibilidad de comenzar a escribir en la hoja en blanco tras identificar que los paradigmas ahora serán otros.
 
 
 
El problema es que el tema brilla por su ausencia en los planteamientos que hacen los candidatos a la Presidencia de la República. Fuera de la pregunta ocasional frente a restablecer o no relaciones con Venezuela, da la impresión de que los aspirantes al primer cargo de la Nación son indiferentes a lo que pasa más allá de las fronteras colombianas.
 
Y eso es deplorable, no solo porque persiste el énfasis de mirarse al ombligo, sino porque Colombia está obligada a jugar muy bien sus cartas si desea convertir la crisis de la globalización en una oportunidad. Lejos de cerrar puertas, nos conviene mantenerlas abiertas, pero ello exige estrategia y objetivos claros, que arrancan con aceptar que el mundo de mañana será más como el de hoy y mucho menos como el que existía ayer.
 
RICARDO ÁVILA PINTO
 
Especial para EL TIEMPO